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Dryadeh
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Regalo para minigami



Para: minigami
Título: No surrender
Pareja: Merodeadores. James/Lily. Algo de Alice/Frank por ahí.
Advertencia: PG-13
Summary o prompt: Atrás ha quedado la época en la que podían jugar a coquetear en los bordes de la legalidad sin esperar sufrir alguna consecuencia. Están en guerra. Una guerra por su futuro. Su vida. Sus ideales. Su libertad.
Dedicatoria: Bueeeeeeno... espero que te guste, eso antes de nada. No he escrito nada con estos personajes desde el 2010. Parece que no queda tan lejos, pero... sí. Así que, espero que me disculpes si estoy un poquito oxidada. Por otra parte, nunca los había escrito en este contexto, y la experiencia me ha resultado increíblemente satisfactoria. Espero que los resultados sean de tu agrado. Me valí de la canción No surrender de Bruce Springsteen como inspiración y banda sonora mientras lo escribía. Espero que te guste, de verdad de la buena :3 ¡¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!


No Surrender



La noche es oscura y calurosa a más no poder. La luna, en un cuarto creciente que la hace parecer casi llena, es la única fuente de de luz de la que pueden fiarse en ese callejón. Atrás ha quedado Hogwarts. Atrás ha quedado la época en la que podían jugar a coquetear en los bordes de la legalidad sin esperar sufrir alguna consecuencia. Están en guerra. Una guerra por su futuro. Su vida. Sus ideales. Su libertad.


Una guerra que seguramente les viene grande. Una guerra para la que no están preparados —¡por Merlín, son críos de dieciocho años! Nadie está preparado para una guerra a esa edad... ni nunca—, y en la que, aún así, van a luchar. Porque son Gryffindor. Porque son jóvenes. Porque alguien tiene que hacerlo. Porque si ellos no alzan la varita para proteger ese futuro que les depara la vida, nadie lo hará por ellos. Porque están locos, también. Un poquito. Lo han estado siempre. Y en el momento que comprendieron que esa guerra sería, seguramente, la mayor aventura a la que jamás se habrían enfrentado hasta la fecha, se convirtió en su único objetivo. Su motivo de vivir. Luchar por todos aquellos que no pueden hacerlo.


El callejón está oscuro. James mira al cielo. La cantidad de estrellas que se asoman al firmamento quedan opacadas por el sublime brillo de la luna. No puede evitar un suspiro sordo, callado. Porque Lily está con Alice y Mary en la otra punta del pueblo. Frank está con ellas. No está tranquilo por haberse separado de ella. Menos ahora, ahora que tienen posibilidades de un futuro juntos —ese futuro por el que lucha cada noche—. Pero ella insistió en que estaría bien. Y si hay algo que James tiene claro, es que su Lily es tan cabezota como él, y en las misiones tienen el tiempo justo, como para ponerse a intentar razona con ella. Tiene en mente terminar esto lo antes posible, volver con ella... cueste lo que cueste.


Remus tiene los ojos cerrados, los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza apenas un poco gacha. Odia lo que es con toda la intensidad que alguien podría usar para odiarse a sí mismo, y aún así, entiende la utilidad que puede tener su... condición en una situación como ésta. Aprovecha la proximidad del plenilunio y aguza el oído, intentando captar el sonido de los mortífagos. Normalmente son ellos, los miembros de la Orden, los que caen en emboscadas. Esta vez, siguiendo las órdenes de Moody, son ellos quienes tenderán una emboscada a los acólitos de aquel cuyo nombre todos temen pronunciar. No él. Ni ninguno de ellos. Pero Remus entiende que no todo el mundo posee valor. Incluso él duda de su valía y de sí mismo en algunos momentos. Pero está con tres de las personas más importantes en su vida. No cabe lugar para la duda.


Peter está sentado como un indio sobre una caja de fruta vacía. Se abraza la cintura y se muerde las uñas con un acto reflejo compulsivo. Siente ganas de vomitar de puros nervios. Está ahí por sus amigos, con ellos. Porque si ellos luchan, Peter no tiene pensado quedarse atrás. Lo único que lo aterra es la posibilidad de que los enemigos se enteren de su identidad y le hagan daño a su madre. Por eso, también, lucha. Porque ahora ya está metido en la guerra hasta el cuello y si no la ganan... si no la ganan será su madre quien pague las consecuencias. Y desde que su padre murió, unos tres años atrás, Peter haría cualquier cosa por protegerla. A fin de cuentas, la familia es lo que cuenta.


Los ojos grises de Sirius escrutan la luz de la luna que cae en el callejón y las sombras más allá. Él de eso sabe. Sabe mucho. De sombras, de oscuridad. Y, tal vez mejor que nadie, sabe que la oscuridad deriva de la luz —e viceversa— y que un pequeño y mínimo esfuerzo de la pequeña llama de una vela, sirve para mantener las sombras a raya. Eso son ellos. La luz en la oscuridad. La pequeña llama de una vela que por las noches, esas noches, arde con la fuerza de una hoguera. Porque están luchando por aquello en lo que creen. Aquello que los hará libres. No ha renunciado a una mitad de sí mismo —hace apenas tres años, y parece que ha sido más de media vida—, para que ahora vengan cuatro gilipollas a decirle cómo debe vivir su vida. Cómo debe pensar. Cómo debe sentir. Cómo debe nada.


—Parece que nuestros invitados se retrasan —comenta Sirius, con el tono de exquisito caballero que le han inculcado prácticamente desde que nació pero que no ha sido jamás, un tono que no es más que una burla hacia sí mismo, hacia todo lo que debería haber sido, mientras una sonrisa torcida se apodera de sus labios.


—¿Tienes prisa por luchar? —inquiere Remus, en voz baja, sin siquiera abrir los ojos o moverse un ápice. Su voz no es más que un susurro, más áspero de lo que acostumbra. Los pocos días que faltan hasta la luna llena lo vuelven ligeramente más salvaje. Más feroz. En su voz se siente.


—Pues la verdad es que no me vendría mal —replica Sirius, mientras se acomoda esa desgastada chupa de cuero de la que no se separa ni bajo el calor del verano—. Además, Cuernos quiere volver a casa con su pelirroja —añade, con esa sonrisa volviéndose un tanto más gamberra, mientras mira de soslayo a su mejor amigo.


—A lo mejor no vienen... —aventura Peter, y en su voz se puede intuir el anhelo esperanzado de que, realmente, los mortífagos no vayan a ir a divertirse esa noche con los muggles de ese pueblo.


—Van a venir, Colagusano —dice James. Su mirada se aparta del cielo oscuro y su mente se aparta de Lily en la medida de lo posible. Tiene que centrarse—. Van a venir y los vamos a machacar —añade, enérgico, confiado—. Como ha dicho Canuto, quiero volver a casa con mi pelirroja y no serán ellos quienes me lo impidan —añade, encogiéndose de hombros, con la naturalidad de quien simplemente enuncia un hecho.


Las palabras de James logran infundir valor en Peter —en todos, en realidad; aunque Sirius jamás reconocería, ni bajo tortura, que necesita un empujoncito de moral. Él es más de arder en batalla y quemar a su paso todo lo que pueda llegar a darle miedo— y el más bajito de los cuatro chicos se levanta de la caja en que estaba sentado. Sus dedos no tiemblan cuando los cierra en torno a la empuñadura de su varita. Está con sus amigos. Se cubren las espaldas unos a otros. No va a pasar nada. Claro que no.


En ese instante, es Remus quien se endereza. Abre los ojos y en sus labios aparece el atisbo de esa sonrisa gamberra que lo identifica como Merodeador. Inhala profundamente y se separa de la pared, con la varita en alto.


—Espero que hayas ensayado tus pasos de baile, Canuto. Los invitados ya están aquí —comenta. Casi como si obedeciesen a sus palabras, se oyen un par de explosiones a dos o tres calles de distancia. La distancia suficiente para que sólo Remus pudiese haberlos escuchado aparecerse.


Y es a partir de ese momento en que no necesitan palabras para entenderse. Cuentan con casi ocho años de experiencia en arreglárselas los cuatro juntos. Echan a correr, pegados a la sombra de la pared. James delante, seguido de cerca por Sirius. Peter los sigue, sin rastro ya de sus temores. Remus cierra la marcha, con todos sus sentidos alerta.


Salen del callejón en el que estaban a la espera y pueden apreciar el brillo del fuego en la distancia. Parece provenir de un contenedor de basura, o tal vez un coche. Los mortífagos disfrutan prendiendo fuego a las posesiones de los muggles. Ellos, la verdad, prefieren prenderle fuego a los mortífagos. Es más satisfactorio, al final del día. Los deja un pasito más cerca de la victoria. Se oye un aullido salvaje, que más bien parece una carcajada, y durante un segundo, Sirius se detiene en seco.


—¿Qué coño está haciendo ella aquí? —murmura, en voz baja, a la oscuridad.


—Lo mismo que nosotros, Canuto —James aprieta con fuerza el hombro de su mejor amigo, en un intento por darle ánimos.


—Al menos podrás bailar con alguien que se conoce tus mismos pasos —comenta Remus, sin pizca de humor.


Peter, demasiado nervioso para hablar, se adelanta un tanto a sus amigos y se transforma en rata. Es una forma segura de llegar al otro lado de los mortífagos. Cercarlos, encerrarlos en un anillo y desde ahí, ir luchando. Remus lo sigue, prácticamente fundiéndose con las sombras; tiene una facilidad increíble para ello. Mientras tanto, James y Sirius se echan a la calle, caminando expuestos a la vista de los mortífagos. Como si no fuesen más que dos chicos que salen de fiesta. No son más, realmente. La diferencia radica en que ellos tienen un concepto de ir de fiesta diferente al del resto del mundo.


En el momento en que los mortífagos detectan su presencia, rayos de color rojo y azul vuelan hacia ellos. James alza la varita y los rechaza con un sencillo encantamiento escudo. Sirius ni siquiera se molesta; si su prima Bellatrix y los tres idiotas que van con ella quisiesen matarlos, ya estarían muertos. Mal que le pese. Y aún así, jamás moriría sin luchar. Porque en este juego de cazadores y presas, jamás ha quedado claro quién es el gato y quién el ratón. Y hasta entonces sólo queda seguir luchando.


—Vaya vaya, Lestrange, ¿tu amo te ha soltado de la correa esta noche? —le dice a su prima, a modo de saludo.


—¡Aandaa! ¡Pero si es mi primo el renegado! —comenta ella, antes de estallar en carcajadas—. Tu hermanito te manda saludos, por cierto.


Sirius gruñe, amenazador. Porque ha metido a Regulus en esto —en todos los sentidos—, y eso no es algo que pueda, sencillamente, consentirle.


—Dile que, para la próxima, los saludos puede venir a dármelos él, Bella —le espeta.


Los años de diferencia con su prima le dan a ella una clara ventaja a la hora de un duelo. Sobre todo, teniendo en cuenta con quiénes se codea. Pero Sirius nunca ha sido de los que se piensan las cosas; no demasiado. La primera maldición que sale de su varita impacta a los pies de su prima. Es un aviso, un tanteo; tal vez una invitación a salir a jugar como lo hacen los Black —aunque ella ya no lo sea—. Los otros tres que están con ella —Rabastan y Rodolphus Lestrange (cuñado y marido de su prima), y el hijo de Crouch— se acercan, rodeando a Sirius y James con movimientos que recuerdan a los de una manada de lobos famélicos rodeando a su presa. Sabe quienes son, incluso pese a las máscaras; los mortífagos suelen ir los mismos grupos. Pese a todo, no puede dejar de sorprenderse por que sean cuatro en lugar de cinco. Aunque cree recodar que su prima Bellatrix no tolera demasiado bien a su cuñado, Lucius Malfoy.


James pega su espalda a la de Sirius. Sabe que tienen un par de ases más en la manga. Ellos sólo son el cebo. Vuelan hechizos en todas las direcciones. Ambos chicos saben bien cómo defenderse. Como atacar, también. Puede que no sean más que soldados en una guerra. Pero no van a retroceder. Mucho menos van a rendirse.


Sirius gira, con James aún pegado a su espalda, para quedar cara a cara con Bellatrix. Ella lanza su Imperdonable favorita, y Sirius no puede más que esquivarla. Una y otra vez. En un momento, James se tira al suelo para evitar un Avada Kedavra lanzado por alguno de los hermanos Lestrange, y arrastra a Sirius consigo. Ruedan, cada uno en una dirección, alzando las varitas frente a ellos. Sirius lanza un Desmaius hacia Bellatrix —que falla por muy poco— y James un Petrificus Totalus hacia alguno de los Lestrange —resulta imposible diferenciarlos bajo la máscara—, que da en el blanco, demostrando que no siempre los hechizos más avanzados son los más efectivos.


—¡Levántate jodido inútil! —aúlla Bellatrix; y nadie tiene del todo claro si le está gritando a su compañero de armas o a su primo. Pero de pronto deja huir un chillido cuando un haz de luz blanca le impacta en el hombro, desde su espalda.


—No nos habéis esperado para pelear... qué poco elegante, Canuto —comenta Remus, alzando la varita entre él y la mortífaga pero centrando su atención en Sirius, mientras Peter se bate en duelo singular con Barty Crouch.


Y podría decirse que Barty está en serios problemas. Porque puede que Peter tenga miedo de luchar; pero sólo en los instantes previos a la batalla. Una vez esta empieza, se olvida de todo lo que no sea la varita, y su mente corre a la velocidad de la luz pensando ataques y contraataques que hacen que sea casi imposible acertarle. Su técnica favorita, transformarse y destransformarse en rata. Crouch le apunta a la altura del pecho, y mientras el hechizo va por el aire, Peter ya tiene el pecho a la altura del asfalto y vuelve a emerger como humano detrás del mortífago para atacarlo por sorpresa.


El Lestrange que queda en pie se aproxima a Bellatrix para comprobar la gravedad del hechizo perforador que Remus le ha lanzado, pero ella se lo quita de encima con un manotazo y se aparta de ellos, de modo que queda en perfecto ángulo de ataque tanto para Remus como para Sirius, que se levanta del suelo con presteza y tiende un brazo a James, para ayudarle a alzarse de nuevo. Mientras, Lestrange aprovecha para romper el encantamiento que mantiene a su hermano paralizado.


Un cuatro a cuatro. La noche promete.


Aunque, más bien debería considerarse un cuatro a tres, porque Peter acaba de dejar inconsciente a Barty Crouch con un Desmaius directo a la cara. Porque aunque Peter pueda parecer increíblemente inseguro, es chiquitito pero matón. Es un Merodeador, al fin y al cabo.


—¿Todo bien, chicos? —pregunta, mientras se acerca a donde sus amigos y los tres mortífagos restantes se evalúan con la mirada. En sus labios hay una sonrisa exultante, prácticamente eufórico.


—Por supuesto, Colagusano. Estábamos esperándoos para que empezase la diversión —replica James, volviendo a adoptar su pose de batalla, pegando la espalda a la de Sirius.


Pese a que cuentan con un miembro más, esto no supone una ventaja. A fin de cuentas, por más que los Lestrange puedan ser meros peleles que están entre las filas de Voldemort por una suerte puramente circunstancial, Bellatrix Lestrange —antaño Black— se precia de ser su mano derecha y su mejor lugarteniente. Lleva en la sangre —esa misma que la de Sirius— la facilidad para la magia, el ansia por la pelea, por quemarlo todo. No va a ser una batalla sencilla.


Aunque, al menos, les sigue quedando un as en la manga.


Bellatrix se arranca la máscara con un movimiento airado y la tira al suelo, a medio camino entre Remus y Sirius. James se encara a uno de los Lestrange, mientras Peter se acerca a él, varita en alto, listo para enfrentarse al otro; aunque sea notablemente más alto que él.


La mortífaga ataca a ambos a la vez, enviando hojas cortantes que ellos esquivan con un encantamiento escudo justo antes de contraatacar con sendos Desmaius que ella esquiva de un salto. Peter ha renunciado a su mejor técnica y lanza rayos de luz al mortífago, que los devuelve en forma de Imperdonables. El pequeño Merodeador las esquiva a saltos y se las arregla para crear una raja en la máscara del mortífago de modo que puede verse su barba y la mueca feroz de su boca. Contraataca con un haz de luz roja que impacta en el pecho de Peter, haciendo que caiga al suelo inmóvil. James deja huir un rugido, a medio camino entre la frustración y la angustia. Sin dejar de batirse con, ahora, ambos Lestrange se despega de Sirius para correr hasta el cuerpo caído del más pequeño de los Merodeadores. Lanza un hechizo que hace retroceder a ambos mortífagos como si los hubiesen empujado en el pecho, y se agacha al lado de su amigo, para comprobar sus constantes vitales.


A la vez, Bellatrix alcanza a Remus en un hombro, con un encantamiento cortante, causando una herida que automáticamente empieza a sangrar. Él gruñe y alza la varita, justo en el mismo momento en que ella esquiva un Desmaius de Sirius.


—¡Está claro que no podemos llevar a cabo la tarea que nos ha ordenado Mi Señor! —les grita a los dos mortífagos que quedan en pie—. Agarrad a ese saco de huesos —señala a Crouch—, y vámonos. Como perdamos más tiempo Mi Señor nos castigará —añade, en voz potente.


Su mirada se pierde en la de Sirius medio segundo más de lo necesario y sonríe con una mueca casi demente. Después, desaparece. Los otros dos mortífagos —uno de ello cargando con Barty Crouch—, la siguen. La calle se queda en silencio, un silencio sólo roto por el sonido de sus respiraciones agitadas. Y pasos que se apresuran corriendo. Sirius apenas tiene tiempo de alzar la varita para defenderse de algún posible ataque cuando ve un torbellino de pelo rojo que se abalanza sobre James, aún agachando al lado del cuerpo de Peter, y se abraza con todas sus fuerzas.


—¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado? ¡Oh, cielos, Peter!... ¿Está...? —la voz de Lily es un torrente atropellado de palabras.


—Está vivo, está vivo —susurra James, rodeándola con un brazo y estrechándola con todas sus fuerzas. De cerca, la mira. Ve que está sangrando por una sien y roza la zona con cuidado—. Lily... ¿qué...? —su voz es apenas un susurro.


—Nos atacaron —explica Alice, con los brazos de Frank rodeando su menuda cintura—. Estábamos esperando a que fuese nuestro turno de entrar en acción. Pero Malfoy, Nott, Crabbe y Goyle sabían dónde nos encontrábamos —añade, dejando caer la cabeza contra el pecho de su prometido.


Remus mira a Mary, que se acerca cojeando y le sonríe. Se alegra de verla viva. De que todos estén vivos. Ha perdido la cuenta de las innumerables tardes que se pasaron en la Sala Común estudiando para los EXTASIS. No han pasado ni dos meses desde entonces. Parecen cosas pertenecientes a otra vida.


—Alguien debería llevar a Peter a la casa franca, a que le echen un vistazo —dice Sirius, acomodándose la chupa de cuero con un movimiento casi perezoso. Se pasa una mano por el cabello echándoselo hacia atrás, y después sonríe. No tiene ni un rasguño. Casi como si no acabase de pelear a muerte con una loca buscada por las autoridades—. Y yo dejo que me acompañéis, si queréis, a rastrear a esos hijos de puta —añade.


—¿Y meterte de bruces en la guarida de Quien-Tú-Sabes? —Mary alza las cejas incrédula—. Creo que yo voy a pasar. Al menos hasta que recibamos nuevas órdenes.


—Como quieras, preciosa —replica él—. ¿Alguien se apunta? ¡Vamos! ¡Será divertido!


—Nadie se apunta, Sirius. Sé que será divertido, pero estamos hechos un asco —responde Remus—, excepto tú. No perderías tu aspecto de modelo de revista ni cubierto de barro —añade, con una sonrisa socarrona.


Sirius se encoge de hombros.


—Está bien, iré solo.


—No. El “nadie se apunta” de Remus quiere decir que tampoco tú irás —dice James, con firmeza, levantándose con Lily aún abrazada—. Esta noche no —añade.


Se miran a los ojos un segundo. Ambos arden con la adrenalina que aún no fue consumida. Pero James tiene algo, algo más que esa guerra, y no puede permitirse perder a su mejor amigo. No esa noche. Ni nunca. Sirius lo entiende. Entiende que tiene que seguir vivo. Por James. Por Remus. Por Peter que yace en el suelo. Porque necesita una vida con la que poder disfrutar de esa libertad por la que lucha. Tal vez, un poquito por sí mismo, también. Por su hermano, sobre todo. Porque aún hay esperanza. No estaría luchando ahí si no la hubiera.


—Bueeeeno, vale. Que sepáis que sois unos aburridos —comenta, componiendo una expresión de perro deprimido mientras avanza hacia el cuerpo de Peter y se lo carga al hombro sin dificultad—. Vamos a que os cosan... y después a por unas cervezas —añade, componiendo una sonrisa.


Y sin más, todos desaparecen de ahí.


Es una guerra de la que no todos saldrán con vida. Pero tienen dieciocho años. Pueden morir quemados, o quemarla a ella. Pueden vivir aterrados, o sentirse vivos cada segundo que luchen en ella. Elecciones, todo se reduce a éstas. La suya está clara.


No retreat. No surrender
Tags: amigo invisible
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