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Dryadeh
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Regalo para joanne_distte



Para: joanne_distte
Título: En blanco y negro
Pareja: Ginny Weasley/Tom Riddle
Advertencia: Muchas y no sabría cómo llamar a la mitad. Semi non-con, NC-17, perturbador.
Summary o prompt: Ginny Weasley tenía un secreto, un secreto que nadie habría esperado de una niña de once años...
Dedicatoria: Siento muchísimo el retraso, Joanne. Originalmente no era tu AI y he tenido que escribir esto con más prisa de la que me gustaría. Aún así espero que te guste y sea más o menos lo que tenías en mente cuando pediste este prompt. Gracias a una persona -ella sabe quién es- por prestarme una idea que maquinamos hace mucho tiempo entre las dos.

En blanco y negro

I

Ginny Weasley tenía un secreto, un secreto que nadie hubiese esperado de una inocente niña de once años. Tenía un amigo que escuchaba pacientemente todos sus problemas y siempre quería saber más. Tom Riddle se comunicaba con ella a través de un diario. Palabras de tinta que brotaban del papel, como flores que se abren en la oscuridad liberando su aroma. Se mantenían allí, flotando ante sus ojos durante unos segundos, para luego desaparecer sin dejar rastro, y cada vez que lo hacían, la pequeña Ginny Weasley sentía un escalofrío de excitación.  Se sentía temeraria, traviesa y adulta, todo a la vez.

Luego llegaron las lagunas. Períodos de tiempo, tardes completas, en las que era incapaz de recordar nada de lo que había hecho desde que había abierto el diario hasta que había vuelto en sí en algún lugar de Hogwarts al que no sabía cómo había llegado. A veces su túnica estaba manchada o tenía sangre en las manos, otras notaba una humedad desconcertante entre las piernas.

Con el tiempo empezó a sentir miedo, y su secreto, más que una aventura, empezó a parecerle una cueva oscura y sin fondo de la que no sabía cómo salir. Pensó en contárselo a alguno de sus hermanos, a Percy tal vez. Él había notado que algo raro le sucedía y le había hecho preguntas muchas veces. Era el mayor de los hermanos que tenía en el colegio, seguro que sabría qué hacer.

Pero algo la detenía siempre, en el último momento, cuando sus temblorosos labios se habían separado para revelar su verdad. El miedo. Temía lo que pensara su familia de ella, pero la asustaba aún más la idea de que le arrebataran el diario.

Intentó utilizarlo menos, no abrirlo y escribir sus sentimientos cada día, como se había habituado a hacer. Trató de distraerse y no pensar en él, pero una y otra vez su mirada se desviaba hacia el baúl en que lo tenía oculto. Para entonces el diario ejercía una poderosa fascinación en ella. Tal vez no el diario, sino la persona que había atrapada dentro. Esa que era tanto un amigo como una amenaza para Ginny.

Se negó a escribir durante días, pero no pudo resistirse a tocarlo. A respirar el olor del cuero envejecido y notar el tacto del papel bajo la yema de los dedos. Fue entonces cuando Tom le habló sin que ella se hubiese comunicado con él en primer lugar.

Como si supiese perfectamente que estaba tocándolo, las páginas del diario se movieron agitadas como por una corriente de aire, aunque todas las ventanas y puertas estaban cerradas. Entonces se detuvo, abierto por la mitad. Y las palabras manaron del papel en tinta fresca, tanto que Ginny podía emborronarlas si las delineaba con los dedos.

Ginny. La llamó él. Ginny, ¿dónde estás?

Eso fue suficiente. La niña cerró el diario y lo guardó en el fondo del baúl, haciéndose la promesa de no volver a utilizarlo jamás. Fue entonces tuvo el primer sueño.

En él, Hogwarts aparecía en blanco y negro, como si estuviese dentro de una vieja fotografía. Un grupo de alumnos salía del Gran Comedor, charlando con tranquilidad. Ginny los miró, tratando de reconocer a alguno pero todos resultaban extraños para ella. Ninguno pareció reparar en su presencia.

Asustada, decidió ir a la Torre de Gryffindor a contarle a Percy lo del diario. En sus prisas por llegar a las escaleras, chocó sin querer con una chica que llevaba dos trenzas. La atravesó como si se tratase de Nick Casi Decapitado. Eso fue suficiente para que se detuviera, paralizada, en el primer peldaño. Alargó una mano temblorosa y trató de tocar el hombro de un muchacho rechoncho con el pelo largo. Atravesó tela y carne como si no estuviese allí. Eran todos fantasmas... o tal vez lo era ella.

Alguien se detuvo a su lado. Era un joven de unos dieciséis años. Aunque Ginny estaba subida a un escalón, era mucho más alto que ella. Tenía el pelo oscuro y ligeramente rizado, ondulándose a la altura de las orejas. Su rostro parecía esculpido sobre piedra, con rasgos elegantes y formas rectas. Los ojos eran de un tono gris más pálido que el de su piel y la estaban mirando.

Podía verla. Ginny ahogó un grito. Él sonrió, revelando una dentadura demasiado blanca en ese mundo a escala de grises. Era una sonrisa hermosa, como todo en él, pero ella sintió miedo.

De algún modo supo que estaba delante de él, de Tom Riddle. Del diario, de la persona atrapada dentro. Sólo que ahora no estaba encerrada entre un montón de páginas selladas por cuero negro. Estaba ahí, frente a ella, y si podía verla, Ginny estaba segura de que podría tocarla.

Como si le hubiera leído el pensamiento, él alargó una mano hasta ella. Sus dedos eran finos y muy largos, tan pálidos como blancos eran sus dientes. Enrolló con el índice un mechón de pelo de Ginny, mientras ella lo contemplaba paralizada de terror.

—Ginny —murmuró él, y su voz áspera y grave le resultó horriblemente familiar, como si en realidad siempre la hubiese oído en su cabeza, cada vez que leía el diario. Después, el dedo soltó su pelo y se deslizó por la curva de su mandíbula, produciéndole un violento temblor.

Eso fue más de lo que la niña pudo soportar. Se apartó y salió corriendo, sin saber a dónde se dirigía. De vez en cuando miraba hacia atrás por encima del hombro, para asegurarse de que él no la seguía pero el pasillo estaba desierto. Todos los alumnos habían desaparecido, incluido él.

Cuando volvió a mirar hacia delante se dio cuenta de que estaba en unos aseos. Eran los aseos de Myrtle la Llorona en los que se había encontrado tantas veces después de sus pérdidas de memoria. Estaba de nuevo frente al espejo, contemplando su imagen reflejada. El rojo de su pelo parecía más intenso en aquel lugar. Se dio cuenta de que ella no estaba en blanco y negro, como el resto de elementos, y por alguna razón que no supo explicarse, eso la asustó todavía más.

Iba a apartarse del lavabo y salir corriendo cuando lo vio en el espejo. Estaba detrás de ella, contemplándola sin parpadear. Ginny intentó gritar pero descubrió que se había quedado sin voz.

— ¿No dices nada, Ginny? —Susurró Tom, con una voz suave y acariciadora que aceleró el pulso de la niña —Eres menos tímida a través del papel.

Poniéndole las manos en los hombros, la obligó a girarse hacia él. Estaba casi sobre ella. Ginny notaba la dureza del mármol del lavabo contra su espalda, tan frío como las manos de Tom. Por más que lo intentó no pudo gritar, por más que trató de huir no pudo moverse. Su cuerpo no le respondía.

Sintió tantas ganas de llorar que él se desdibujó ante sus ojos durante unos instantes. Parpadeó con fuerza, tratando de serenarse, pero entonces notó su aliento en la cara. Era frío, como un soplo de aire invernal, y le produjo un escalofrío.

— No temas, Ginevra —continuó su captor —Sabes que puedes confiar en mí. Lo sé todo de ti. Yo te conozco. No puedes escapar. No puedes huir porque en realidad no quieres hacerlo.

¡Sí, quiero! habría querido gritar de tener voz, pero no pudo más que contemplar con terror cómo él se aproximaba. Lo tuvo tan cerca que por un instante pensó que iba a besarla, pero sus labios pasaron de largo, sin rozarle la boca. Entonces Tom hundió el rostro en su pelo, respirándole en su cuello.

Esa vez, ni siquiera intentó gritar. Las manos del joven soltaron sus hombros y desaparecieron. Lo siguiente que notó fue una corriente de aire frío en las piernas y comprendió, aterrada, que estaba levantándole la túnica.

— No quieres hacerlo porque me necesitas —sentenció él.

Ginny dio un respingo al notar el roce de sus dedos en el interior de una rodilla, un leve tacto tan gélido que le pareció húmedo. Las manos tantearon su suave piel y le separaron las piernas, para trepar por el interior de los muslos como si fuesen arañas.

—Me necesitas —repitió Tom Riddle.

Subían y subían, cada vez más arriba, buscando entibiarse con la calidez de Ginny, hasta que...

Despertó. Notaba cada músculo de su cuerpo engarrotado y tenía tanto miedo que tardó unos segundos en reunir el valor para a moverse. Le llevó otro tanto comprender que estaba en su habitación, en la Torre de Gryffindor, envuelta en cálidas mantas y oculta tras el dosel. Tomó su varita y convocó en voz baja un suave Lumos. Tembló de alivio al percibir los tonos escarlata de todo cuanto la rodeaba.

No pudo evitar apartar las mantas para mirarse las piernas. No vio nada extraño. Casi había temido encontrar unas manos reptando por ellas. Fue entonces cuando percibió una humedad pegajosa en su ropa interior, igual que tras cada período en blanco en su memoria. Notaba unas pulsaciones desconocidas en la entrepierna que no supo identificar.

Turbada e instintivamente avergonzada, se tapó de nuevo. No volvió a dormir en toda la noche por temor a retomar el sueño.

Al día siguiente resolvió deshacerse del diario. Lo envolvió en una camiseta interior, lo guardó en su mochila y se dirigió a los aseos de Myrtle la llorona. Aunque tras el sueño de la noche anterior ese lugar le aterraba, de algún modo sentía que el diario pertenecía a ese rincón olvidado de Hogwarts y que era allí donde debía deshacerse de él.

Entró a toda velocidad, negándose a mirar ninguno de los espejos, por si él aparecía en ellos. Sacó el diario, abrió la puerta de un cubículo y lo arrojó dentro a toda velocidad. Lo hizo tan deprisa que ni siquiera reparó en que estaba ocupado por Myrtle la llorona, y ya mientras se alejaba corriendo, lanzó un hechizo para accionar la cadena. Oyó el sonido de la cisterna vaciándose y arrastrando el diario hacía las profundidades del lago. Sólo entonces se atrevió a respirar tranquila e incluso recuperó el apetito, pensando con la ingenuidad que dan los once años, que no volvería a saber de Tom Riddle.

II

Ginny Weasley tenía un secreto, un secreto que pocos conocían y que nadie más que ella podía entender. Tenía un miedo que, pese a mostrarse ante toda su clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, ni Lupin había podido descifrar.

Su boggart no se parecía al de ninguno de sus compañeros. No era un padre furioso por sus malas notas, una banshee o una acromántula. Era un joven guapo de aspecto frío e inquietante. Apenas una breve visión que tembló, desapareció con un ¡plop! y tomó la forma de una arpía en un visto y no visto en cuanto se acercó Demelza Robins.

Ni sus compañeros ni el profesor le habían prestado demasiada atención en medio de apariciones de criaturas mágicas aterradoras, pero para Ginny verlo había sido como recibir un puñetazo en el pecho. Había durado sólo un instante pero él la había mirado y de pronto se había sentido transportada dos años atrás, a ese lavabo de los aseos de Myrtle la llorona contra el que Tom Riddle la atrapó y le levantó la túnica.

Después de esa aparición volvió a soñar con él por primera vez mucho tiempo. Sueños en blanco y negro confusos y entrecortados en que las manos frías del joven Voldemort la reclamaban como suya; me necesitas, decían, trepando, siempre trepando, por sus blancas piernas. A veces llegaban a su objetivo y entonces Ginny se despertaba, siempre cubierta de transpiración y con un latido en el interior del vientre que sólo podía aliviar acariciándose con torpeza entre las piernas. Exploraciones lentas y tímidas al principio, más profundas y aceleradas al final, frotándose con los dedos a medias a avergonzada, a medias frustrada hasta que alcanzaba un frágil alivio que siempre la dejaba insatisfecha.

Los sueños se sucedieron durante semanas, cada vez más espaciados hasta que desaparecieron por completo. Ginny llevaba cinco meses sin soñar con él cuando se trasladó a Grimmauld Place con su familia, para ayudar a hacer la casa de Sirius más habitable. Había algo en ese lugar que reavivó sus recuerdos de Tom Riddle. Quizás fuese la atmosfera oscura y opresiva del lugar, los angostos recovecos en que se retorcía la casa, los polvorientos muebles cubiertos por sábanas o las cabezas de elfos disecadas junto a las escaleras, pero había algo en el aura tétrica de esa mansión que le recordaba a él.

Una tarde, escapando de su furiosa madre que buscaba a Fred y George tras la última travesura, Ginny se ocultó en un viejo salón que aún no habían limpiado. Unas cortinas apolilladas filtraban la luz, sumiendo la estancia en penumbra. Había sábanas raídas cubriendo los muebles y algunas cajas entreabiertas reposaban en el centro, llenas de objetos que habían ido acumulando de otras habitaciones, para más tarde decidir qué tirar y qué conservar. Había algo a lo que la tenue luz arrancaba destellos en una de las cajas.

Ginny se acercó, atraída como un pájaro por un objeto brillante. Era un guardapelo de aspecto antiquísimo, con una S tallada en su centro de plata. Lo tomó antes de ser realmente consciente de lo que estaba haciendo. Experimentó una sensación extraña ante la frialdad del objeto. Por un instante le recordó el tacto gélido de los dedos de Tom Riddle sobre la piel, incluso le dio la impresión de que la pieza emitía un suave murmullo, como el susurro amortiguado de una voz áspera y grave que creía conocer.

La familiar sensación de miedo mezclado con excitación alteró a Ginny. Con un gemido ahogado lo dejó caer de nuevo en la caja, donde se perdió entre un montón de cachivaches. En ese guardapelo vivía la misma energía que en el diario de Riddle. No podía explicárselo pero sabía que le había pertenecido.

Retrocedió un par de pasos, caminando de espaldas, sin quitar los ojos de la polvorienta caja, casi como si temiera que el medallón fuese a emerger de ella y a perseguirla. En su retirada chocó contra un armario de madera. Se apartó dando un respingo y lo observó, alerta.

Una puerta de madera se abrió con un crujido cansado, como si alguien la hubiese empujado desde dentro después de mucho tiempo sellada. Con el corazón en un puño observó la rendija de oscuridad que crecía como una boca que se abre. Después silencio, silencio y sombras.

Al cabo de unos segundos, cuando casi se había atrevido a relajarse, algo salió del armario. Aterrorizada, Ginny recorrió la figura con la mirada, desde la punta de sus impecables zapatos pasando por la túnica de Hogwarts y el corbatín de Slytherin hasta detenerse al fin en su rostro.

Hermoso y terrible, tal y cómo lo recordaba de sus sueños.

Tom Riddle.

Es un boggart, se dijo, tiene que serlo. No es real. No es él.

Pero sí era él. Sus ojos grises tenían la misma tonalidad que en sus sueños en blanco y negro. La miraban de ese modo que delataba que conocía sus secretos, sus temores y… también sus deseos. Y estaba allí para cumplirlos.

Tom Riddle se acercó a ella y Ginny, retomando el dominio de sí misma, echó a correr hacia la puerta del salón. La había dejado entornada, para que nadie mirara dentro y la descubriera. Agarró el pomo en el mismo momento en que la mano del joven Voldemort se apoyó en ella, cerrándola con un sonido seco.

Entonces Ginny tanteó los bolsillos de su viejo vestido buscando la varita pero antes de encontrarla Tom estaba sobre ella, absorbiendo todo el aire que había a su alrededor, toda su energía como si de un dementor se tratara. No podía moverse, apenas podía respirar. Paralizada, contempló cómo él enredaba el dedo índice en un mechón de su pelo como había hecho en aquel primer sueño.

—Ginny —la llamó, en un susurro ronco —Te he echado de menos.

Después Tom liberó el dedo para deslizárselo por la línea de la mandíbula. El tacto frío sobre su piel logró despejarla. Movió las manos para empujarlo lejos de ella y tomar su varita, pero Tom Riddle la sujetó por las muñecas con tanta fuerza que los dedos Ginny se cerraron solos. Entonces le subió los brazos por encima de la cabeza, inmovilizándola y apresándola entre la pared y su cuerpo.

Un instante antes de que ella chillara, la besó, ahogando su grito. Los labios de Tom Riddle eran fríos, como todo en él, firmes y duros. Su presión era dolorosa, opresiva y dominante. La lengua parecía de hielo, aguijoneando la suya. Incapaz de gritar o de moverse, Ginny le devolvió el beso con toda la rabia que fue capaz de reunir.

Al cabo de unos segundos notó una gélida la mano subiéndole el vestido. Con una mezcla de repugnancia y deseo se sacudió en un intento por liberarse pero él la tenía fuertemente agarrada. La obligó a separar las piernas colándole una rodilla entre los muslos.

Entonces Ginny le mordió la lengua con todas sus fuerzas pero él no pareció sentirlo. Como toda respuesta la retiró de su boca, sin dejar de besarla. Después lanzó un mordisco a su labio inferior, saboreando en la punta de la lengua el sabor cobrizo de una sangre fría y muerta. Quiso escupir y besarlo más fuerte, todo a la vez, hasta que notó de nuevo los dedos de Tom Riddle trepando por el interior de su muslo. Arriba, siempre hacia arriba, hasta llegar a sus bragas.

Comprendió con vergüenza que estaba excitada, y la vieja pulsación entre sus piernas comenzó a latir acelerada, como un hechizo que invocaba los dedos de Riddle. Él obedeció al mandato, apartando la tela y colándose dentro de ella. Introdujo el índice, solitario, en su apretado y resbaladizo interior y Ginny lanzó un gemido que era una mezcla de dolor, de humillación y de placer.

Tom lo movió dentro de ella maquinalmente, entrando y saliendo, hasta que Ginny sintió que le temblaban las rodillas y que todo daba vueltas a su alrededor, no sólo la lengua helada que danzaba en su boca. Apoyó todo el peso de su cuerpo contra él, incapaz de sostenerse por un segundo más, y se dejó hacer, mientras Riddle aumentaba la cadencia. Las penetraciones eran cada vez más rápidas y profundas, un increscendo habilidoso y fatal que terminó con brusquedad cuando Ginny alcanzó el clímax con un sollozo ahogado por la boca de su captor.

Entonces él le soltó los brazos que cayeron a ambos lados del cuerpo de la muchacha, como si fuese un títere al que le hubieran cortado los hilos.

—¿Ginny? —una voz la llamó desde el pasillo y ella comprendió con terror que se trataba de su madre. Antes de que el falso Riddle pudiese hacer un movimiento más, Ginny le apuntó con su varita y susurró un débil “Ridikkulo”. El hechizo funcionó y con un leve ‘plop’, su peor pesadilla, su mayor anhelo, se desvaneció en el aire. La puerta del armario se cerró instantes después, conteniendo de nuevo al boggart.

Respirando hondo, Ginny intentó recuperarse. Las piernas aún le temblaban y se sentía débil y sucia, pero también colmada. Tras concederse unos segundos, se alisó el vestido, guardó la varita en su bolsillo y salió al corredor.

—Ah, Ginny, estás ahí —dijo su madre al verla, con el ceño fruncido —¿Has visto a los gamberros de tus hermanos?

—No, mamá —negó ella. Molly continuó su camino, con aire distraído. Quizás si se hubiese detenido a mirarla hubiese percibido que su hija ocultaba algo. Pero no lo hizo. Pasó de largo y desapareció al fondo del pasillo.

Ginny Weasley seguía teniendo un secreto que guardar.



PD: Con este fic damos por finalizado el Amigo invisible. Os pedimos perdón por el retraso pero hemos tenido bastante problemas con el último AI. Hoy desvelaremos quién ha sido el amigo invisible de quién. De verdad, sentimos mucho el retraso.
Tags: amigo invisible
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